REGRESANDO

DESTELLOS

A MIS VIEJOS

EL PELAGATOS

NIÉGALO

ME VOY A OLVIDAR

NADA MÁS

Transcurría mi vida llena de inquietudes, expectativas y sueños. Había ingresado a la Universidad en Manizales. Me sentía rodeado de gente amable con toda la energía y el entusiasmo que la juventud irradia. En poco tiempo, no solo teníamos un grupo con tintes de cofradía para facilitar las labores académicas, sino también para disfrutar la vida de estudiante. No tardó mucho la primera salida de campo. Fue allí en un centro recreacional, ubicado en una vereda cercana, donde la mano de Dios, representada en una tímida pajarita marcó mi vida para siempre. Llegamos al lugar en medio de risas, bromas y miradas coquetas entre compañeras y compañeros sembrando caminos para recorridos de amor. La cabaña nos esperaba impecable. La que no contaba con nuestra llegada era una pequeña silvestre con plumas temblorosas y trinos de angustia que veía amenazado su pequeño y cálido nido. La euforia del grupo fue suficiente para la partida de ese tierno indefenso. Me percaté de la situación y me prometí no decir nada.

Pasados los días que llevaba al hombro las cantadas, los chistes, los besos, las guitarras, etc, anunciaban el momento del regreso; el aburrimiento había entrado a la cabaña sin pedir permiso. Nos esperaba el lunes con toda su carga académica y emocional. Para mi sorpresa, al alejarnos unos pocos metros de aquel lugar cómplice silencioso, vi con alegría a la pájara rondado de rama en rama en búsqueda y posesión de su hogar que con tanta paciencia había construido. Pensé: ¡No sólo las personas son desplazadas! Añoraba llegar pronto a mi casa para plasmar ese hermoso y sentido momento. Y así fue… compuse en ritmo de bambuco el tema “Regresando”, obra que quedó homenajeada en la hermosa voz de María Isabel Saavedra de Ginebra (Valle). Únicamente Dios y mi guitarra, saben el profundo sentimiento que brotó en el momento de componer el bambuco. Aún perdura en el diapasón la huella de una lágrima de amor y gratitud.





No señores… no hay amor más grande que el amor a los hijos, sobre todo cuando se añoran con tanta ilusión que Dios se “pincha”… al menos ese fue nuestro caso. Mi esposa no quedaba “premiada” como se dice en mi tierra caldense. Pero, ¿para qué sirven los amigos?… no, no, no, no es lo que usted piensa. Un amigo médico es de tanta utilidad en esta embarazosa situación que… imagínese: cronograma, día, hora y hasta lugar para hacerle trampa al creador y robarle ese “retacito de cielo”.

Después de muchos soles y lunas nació mi primogénito y único hijo. Los dulces trasnochos aferrados a la cuna se tatuaron en mi rostro… ¡ahhh! para completar el cuadro, la presión de la gente que soltaba siempre la frase: ¿y cuándo le va a componer una canción a su hijo?

Pues bien, llegó la hora y la compuse no solo con el alma, sino con Dios al lado ¡susurrando a mi oído!

En aquella época cuando aún gozaba de las mieles del “hotel mamá” mi cotidianidad cargaba una guitarra herida con dos cáncamos de dónde pendía una cinta de colores para interpretar la música de los ídolos de la época y aquellos acordes sacados del fondo de mi alma. Una noche, no muy tarde… algo así como las “diez y pico” llegué a casa; que por cierto se envolvía en una melancólica y hermosa neblina producida por el barrio que me vio crecer y jugar en Manizales: Chipre. Allí, en ese rincón que se le dedica a la televisión en la mayoría de hogares, encontré a mis padres que acompañaban el sueño entrecortado con comerciales y películas que han llamado enlatados; rellenos de la programación de la tele colombiana. Sentado en un pequeño sofá, conversaba en los pequeños momentos de vigilia –con mis viejos en un corto tiempo de aquella fría noche; mi charla flotaba sola y confundida en el sonido de jingles y diálogos de la pantalla chica… situación que me inundaba de una pequeña e incómoda frustración.

Miraba a mis padres y el cansancio con los años galopantes, parecían otra de las películas de ese momento. Me retiré tratando de no despertarlos con mis pisadas que besaban a un bulloso piso de madera y así ir en busca de una canción que hiciera homenaje a ese par de hermosos viejos a quienes tanto les debía y debo… por supuesto. Me di a la tarea de componerles un bambuco que titulé “A Mis Viejos” y que concluí – esa misma noche- con una frase que desgarra mi corazón: Se ponen viejos mis viejos… ¡y todavía me quieren!





Era jueves, temporada de lluvias en Manizales, la noche ya era dueña del día. Yo, tranquilo y sin afanes, acababa de levantar los pies para darle vía a una ansiosa escoba de cafetería universitaria que respondía callada las ordenes de una de las empleadas del negocio. Quedaban muy pocas mesas ocupadas y el silencio se imponía al murmullo jovial que minutos antes reinó en el ambiente. Cerca, muy cerca a mi mesa, se destacaba una pareja iluminada tibiamente por una lejana lámpara de luz neón. No podía evitarlo, escuchaba uno a uno los reclamos envueltos en tristeza y desconsuelo que en dos direcciones – como flechas- se lanzaban. El volumen era suficiente para uno darse cuenta de la situación… Si, él era un estudiante de clase popular con visos de futuro abogado y ella, “elegantemente desarreglada” no podía negar su clase social. ¡Claro, como yo no soy de tu clase!… exclamaba con ojos húmedos e inconformes aquel pichón de jurista. Tu madre no me acepta y sé que no lo hará.

Lo nuestro no cabe en su encopetado mundo de papel. Quedé impactado y me convertía en cómplice de todas aquellas parejas que pasan por lo mismo. Una mezcla de sentimientos rondaron el trayecto desde la Universidad hasta mi casa. Tenía y quería hacer algo… “Juanita”, mi guitarra, me miraba de reojo pidiendo a gritos una canción. Pulsé un acorde y sin dudarlo inicié y concluí con profunda emoción un bambuco que planteó y desarrolló aquella vivencia social de la cual fui testigo con tintes de “metiche”. Aquello, tan común en nuestra sociedad, merecía toda mi atención… Pelagatos… pensé y sonreí… mjm… Que no le pase a usted… o ¿Ya es tarde?





Una mañana de sol, caminaba desprevenido por el barrio que Pablo Neruda bautizara como la “Fabrica de Atardeceres”. . Chipre, el barrio donde crecí, también arropaba a un solitario caminante que por lo visto estaba triste y desilusionado. Nos cruzamos en el andén untado de jalea y arequipe con oblea.

 

Después de un corto saludo, entabló conversación conmigo buscando con quien compartir su tristeza.

 

Si, su pareja, una hermosa e impetuosa mujer le acababa de tirar

por el balcón una vieja y rota caja de cartón que contenía

- amontonados - toda su ropa y “chécheres”.

 

Con voz entrecortada me murmuró que por culpa de él había destrozado el alma de una buena mujer que amaba y que solo ahora se percataba de ese sentimiento.

 

“Me cerró la puerta, pero lucharé por ella y me le meteré por una ventana para suplicarle su amor”. Seguido de este lamento, nos envolvió un silencio total; sudoroso me apretó la mano despidiéndose con los ojos encharcados.

 

No hay más que decir… ¿o sí?

No lo puedo negar. Estoy acostumbrado al ruido de la ciudad. Esa tarde caminaba envuelto en una ansiedad que no podía describir. Manizales ya no era aquel municipio tranquilo. No, hasta los pájaros se habían “modernizado” pues cambiaron las húmedas ramas de los árboles por las cuerdas del fluido eléctrico citadino. Me desesperaba el macabro sonido de ciudad y decidí acelerar mis pasos buscando un rincón de patria que retrasara mi ritmo cardíaco.

Paso a paso me fui alejando de allí y ya sentía el aire amigo; las gotas de lluvia no me incomodaban, todo lo contrario, me hacían sentir placer. ¡Había llegado al campo! sólo, es decir, sólo pero acompañado, estaba en el lugar que poco o nada añoraba antes. Me sentí torpe y ciego al pensar que me había perdido de lugares donde realmente se vive la vida.

Perdí la noción del tiempo - sin almorzar - había ignorado los ahogados gritos de mi estómago. El relax era mi mejor aliado. Sólo el manto de la noche me sacudió dulcemente aquel hermoso y refrescante momento. Tenía que volver a mi ciudad sabiendo lo que me esperaba: asfalto, ruido y contaminación. Pasaron unos pocos días y extrañaba el canto del bosque.

Las “obligaciones” de este loco planeta me impedían volver. Juanita, mi guitarra de caja fue la única que me ayudó a superar la depresión que me causaba el sonido de la descontrolada urbe. Compuse entonces y a ritmo de “corazón surrunguiao” un bambuco que titulé “Me Voy a Olvidar” que tantas alegrías y chispazos de paz me ha regalado.

Gracias, Creador del Universo por todo lo que ahora valoro y comparto.

Casi siempre la gente pregunta si yo como autor y compositor, al crear una obra me baso en mis vivencias. Y siempre les respondo: no. Solo en pocas ocasiones, escribo mis temas con base en lo que oigo, veo, en lo que me cuentan, imagino etc.

“Nada Más” no es vivencia de quien escribe aquí. Este pasillo brotó de un imaginario haciendo referencia a una frecuente situación - pan de cada día - de muchas parejas. Vemos sin observar que existe una palabra de seis letras llamada rutina que golpea sin compasión el amor y la pasión.

 

Ella entra sin pedir permiso al corazón y se “tongonea” con cierto aire burlón por donde le da la gana.

 

Por todo esto, una noche abracé mi guitarra y construí con ternura una línea melódica que pasó luego a hacer pareja con unos acordes con el firme propósito de no dejar entrar la rutina que referencio. El café mañanero se convirtió en co-protagonista del novelón creado y el posillo en cómplice inocente del robo de amor, ahogando los besos en un sorbo poco aromado y ya casi frío como queriendo gritar que él también estaba ¡mamao!. Pareciera que este frío tinto me advirtiera que ayer el amor se desbordaba por la tasa salpicando y regando de pasión el pequeño plato que lo soportaba… nada más.

 

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